Hablamos con el hombre, le pedimos que nos dejara entrar, que no nos demorábamos. Él continúo con su cigarrillo entre los labios y con la mirada colgada en el árbol del frente. Las pieles de las ovejas se arrinconaban junto a la mujer, eran una montaña blanco-sanguinolenta. Caminamos y no te pregunte a qué olía. No interesaba. Luego, la fila de cabezas que vi al otro lado en el vidrio opaco del baño.
Capítulo 2. Una teoría sobre el ateismo.
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La muerte del laicismo es misteriosa, pero su fatalidad resulta
desesperanzadora y demasiado evidente cuando el mundo está sumido en una
confrontación mil...
