Cada vez me acostumbro más y más a caminar por estas calles tapizadas de excrementos, de toda índole, humanos y animales. La idea, perdón, el ideal del progreso humano nos hunde (ojo que los incluyo) cada vez más en una indolencia de la costumbre. Nos sentimos cómodos sorteando obstáculos tal vez porque los pensamos como artificios poéticos de la promesa de salvación o del rótulo de expurgación (o de purgación) que cargamos desde que la palabra se hizo verbo y el verbo carne y desde que esa carne se descompuso si no se preservaba en unas condiciones adecuadas o desde que esa misma carne se convirtió en un amasijo de grasa y de tumores.
Bogotá, 2014
Dawkins y el prestigio del ateísmo.
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Richard Dawkins es probablemente el científico más influyente de mi
adolescencia y uno de los autores que más he leído, releído y estudiado.
Mientras que p...
