

Egon Schiele
De solo partes, relleno el álbum de mi todo.
Llena de costuras
Ya no pretendo una tersura que es mentira
Porque la cicatriz
No es otra cosa que
Huella
Nunca podrá ser algo diferente a
Escritura.
Bogotá, 2010
Porque lo que haya hecho no importa.
Porque tampoco importa quién soy, haya sido o seré.
Porque mientras escribo, vivo
Y mientras leo, recuerdo.
Bogotá, 2010
Cosa más difícil que escribir una novela es la resolución de la posteridad. El miedo de la escritura es una mínima cuestión. El trazo, la conveniencia de dicho trazo en su encuentro con el objeto deseado es una franja que se abre un poco más a medida que avanza la lectura. El problema de la extensión parece no tener mayor redundancia a parte del aire que mueve la voz que susurra al oído de quien escribe.
Bogotá, 2010
Frente a la pantalla. El sonido de las teclas sobre mis dedos y la música de fondo. En lo hondo. Liviandad del vino y del humo de un cigarrillo abandonado en el cenicero mientras escribo. Tengo historias. Si me lo preguntas, tengo historias. El problema es de la escritura. La escritura, algunas veces, traiciona a mi deseo. Y entonces tengo que matarla. Aun a sabiendas de que mato una parte de mí. Mi mejor parte, si quieres saberlo. La única, si debes saberlo, aunque no lo preguntes.
Bogotá, 2010
Una película escogida al azar en un puesto ambulante en una tarde de ocio.
El uno y lo otro, pero siempre conjugado.
La invisibilidad de las etiquetas.
Una buena comida.
Un buen lugar hallado sin quererlo.
El accidente.
La escritura.
Tu voz deslizándose por el corredor mientras subo la escalera.
De nuevo unas botas, mis botas.
Frida y Petra en una tarde de sol.
Aquello que nunca quiso ser y solo fue, por antonomasia.
Bogotá, 2010
Toda escritura, todo acto creativo, no es cosa diferente a una reconstrucción a partir de extrañezas. Hay una película, danesa, del 2003, titulada así, sin más, Reconstrucción, en la que el narrador-personaje usa su voz como instrumento para desplegar los vericuetos de la narración de una historia fallida de amor y, en el fondo, reconstruir lo que nunca ni siquiera fue. Esa es, creo yo, la misión suprema del escritor.
Bogotá, 2010