domingo, 21 de febrero de 2010

De Pelo suelto y de Raros peinados nuevos

Salzburg souvenir


Al modo de Almodóvar y sus Abrazos rotos, hago un homenaje a los noventa con un desliz a los ochenta y a mi obsesión con el cambio. La fijación con las peluquerías data de tiempo atrás, cuando me sentaba en la sala de espera y espiaba, en estéreo y por los espejos, los modos y maneras de clientes y dependientes. La intriga corresponde al excesivo tiempo que respiran, en un espacio reducido y expuesto, tantos espíritus de tan igual tipo. El simulacro, lo kitsch, la repetición y la banalidad caminan, deliciosas, entre pelos cortados y olores a productos capilares. Entre tanto pelo y uña suelto se levanta la vanidad como personaje de Hesse y se cuelga de peinados nuevos que se buscan en revistas usadas.

El asunto de las peluquerías es un asunto que atañe a la re-invención. Las excusas pueden ser diversas pero el destino final el mismo, y el hábil venderá la idea de la originalidad en el corte del momento: liso y con flequillo, en capas y rizado, corto al extremo y decolorado. Y aquí, como en la lectura, lo que al final importará será el efecto, sea estético o no.

Bogotá, 2010.

sábado, 20 de febrero de 2010

miércoles, 10 de febrero de 2010

Desde la inconcordancia

A pesar de los extraños calores que azotan por estos días (y desde diciembre) a la ciudad de Bogotá, los transeúntes se niegan al uso de la camiseta esqueleto y las sandalias de tres puntas. Esto me hace pensar un poco sobre las piezas de ropa que se escogen para conformar el ropero, y sobre la diferencia de dichas prendas de acuerdo a si estamos en época laboral o vacacional. Creo, ahora que escribo, que la razón de esta resistencia está un poco asentada en la clasificación que hacemos, como habitantes del interior, del ropero de acuerdo a nuestro desempeño dentro del mundo de la utilidad. Acostumbrados a la corbata, la media velada y el tacón, como utillaje que da a entender a los demás que estamos en el periodo productivo de nuestras vidas, dejamos las prendas vacacionales para el espacio íntimo del "entrecasa" y nos resistimos, a pesar de todas las incomodidades, a dejar, por un tiempo y en el fondo del armario, las chaquetas y los abrigos de paño.
Bogotá, 2010.

domingo, 7 de febrero de 2010

Sobre la aburrido de la ‘cultura’

Poco seguidora de los eventos sociales, asistí el año pasado, después de varios de ausencia, a la Feria Internacional del Libro de Bogotá. La sensación es la de ver una telenovela después de no encender el televisor por dos semanas: todo está en el mismo punto y nada se ha perdido. Pero, al menos, con la telenovela, uno se entretiene o cambia el canal. No sucede lo mismo en la Feria, con una programación que compite por el primer premio de aburrimiento y fantochería. Hace algunos años, no sé cuántos en realidad porque no le pongo mucho cuidado al asunto, a algún integrante de aquello que vive solo de su nombre e inexistencia (la intelectualidad nacional) se le ocurrió que gran cosa sería prolongar la agonía, del antes y el después, con unas reuniones a la orilla de la oscuridad salina de Cartagena. Y apareció Hay Festival o Hay festival o como quieran llamarlo que, igual, para lo que hace o deja (a excepción de bronceado), poco importa. Suspendido en la frágil excusa de acercar la cultura al pueblo, Hay festival vive de su sombra y, como todo lo que valoramos, del reciclaje de lo extranjero que nos traen de cuando en vez con la promesa de lo maravilloso. Si me preguntan sobre lo que queda después de esos días de jolgorio e intercambio de favores, puedo responder que más basura para acumular en las calles rotosas que se esconden de los lentes oscuros del turista y, como un buen regalo, este comentario de Carolina Sanín en El Espectador.

http://www.elespectador.com/opinion/columnistasdelimpreso/carolina-sanin/columna185008-papas-fritas-y-hay-festival



Bogotá, 2010.

Jornadas compartidas



sábado, 6 de febrero de 2010

Tiempos modernos

Acabo de ver Tiempos modernos, de Carlitos Chaplin (según la recomendación de David Solodkow) y quisiera concentrar la atención en la escena del Chaplin que canta a un público una canción de la que nunca recuerda la letra: le han escrito, en el puño de la camisa, el inicio pero, a la primera presentación, los puños salen volando y él pierde el horizonte. Este accidente lo lleva al borde: el sonido que birla a la palabra. De la boca de la mujer sale la indicación: no importa lo que se diga en tanto algo se diga. Y esto es suficiente. La importancia del asunto no radica en la indicación o en las señas femeninas; sino en que se logra mostrar que, aunque nada se entiende, todo queda claro.

Bogotá, 2010.

viernes, 5 de febrero de 2010

Acerca del salto

A veces, la quietud es método efectivo para ahondar en la naturaleza de los seres humanos. El mejor modo de conocer es ofrecerse como plataforma para que sean otros quienes junten pies, doblen rodillas y salten.

Bogotá, 2010.