lunes, 1 de diciembre de 2014

Cyrus, el fenómeno

Más allá de las controversias y de la palabrería que han desgastado las presentaciones de Cyrus, y sus subsecuentes apariciones (obviando las fotografías junto a su nuevo novio, descendencia directa del robot cinematográfico y de una muestra más del intento fallido en hacer un buen preparado de la mezcla intervención dramática e intervención política), doy fe de que he asistido y he vivido la experiencia de la tendencia de nuestros tiempos a airear lo tapado y a mostrar le escondido. Ya, durante la década de los sesenta, de la mano femenina de aquella que se disputó (o a la que le hicieron disputar) su autoría, la minifalda fue uno de los recortes del presupuesto para las generaciones futuras, representada, cómo no, en el recorte de la tela para la indumentaria de las mujeres que llevaban entre sus manos (o debo decir que, entre sus piernas) la tea de la irrupción.
Ahora, la cuestión va más al fondo (o más profundo, da igual) y se destapan y reciclan las ilustraciones y monitas de los libros de aquella materia "prohibida" que impartían las monjas en sus colegios con el fin de chulear el deber que debe de chulearse, biología de octavo año escolar, y los manualuchos de educación sexual que se venden al quiebre de cintura; es decir, que ahora me siento de nuevo sentada en una silla sin saber si sonrojarme o toquetearme o arrancarme las entrañas con tantas reivindicaciones de matrices, incubaciones, orgasmos, úteros, lunas, soles y semillas. Y, sin estar segura, de qué sería mejor: a lo Cyrus o a lo new age.

Bogotá, 2014

martes, 25 de noviembre de 2014

El condicional estado de la memoria

En la biblioteca, ordena en sus estantes, los volúmenes de lo desconocido.
Lo superable por la letra A.
Lo incontenible de la X.

Si hace el recuento verá que la casilla de los menos se llenará con todas las intenciones fallidas, con las listas olvidadas, y con los propósitos convertidos en imágenes tortuosas.

Preferible dar la vuelta,

apagar la luz, 
cerrar la puerta,

dormir,
o,
delirar.

Bogotá, 2014

jueves, 13 de noviembre de 2014

Las angustias de merecer

Acostumbrados estamos al aval del merecimiento. Me merezco esto o aquello, siempre excusado por un periodo de abstinencia o de excesos. Lo que no es digno de merecer es que tengamos que emplear nuestros días en buscar a quién o a qué merece el éxito o el fracaso en sus empresas.

Bogotá, 2014

jueves, 23 de octubre de 2014

Abrazar a la tristeza

La guitarra rasgada como la luz que la ilumina.
El cigarro anclado en la guitarra.
La voz anclada en el alma.
La voz sale por cualquier lado menos por la boca, aprendí de los cantantes líricos.

Bogotá, 2014

jueves, 2 de octubre de 2014

La importancia del intérprete

Puede colarse en la consideración humana que aquel que interpreta una pieza musical, no alcance a cruzar la línea de lo que se considera como acto creador. El intérprete puede asumirse como un sometido al ingenio de quien compone y él puede ocupar la casilla asignada a la virtud, al don, y al oficio. Pero esta consideración pierde aire no solo cuando se descubren las diferencias y matices que cada intérprete le prodiga a la pieza interpretada; sino también cuando se reconoce la incidencia que tienen los intérpretes sobre los compositores no solo en términos de inspiración, sino también que es el intérprete quien da vida a la creación del compositor; en últimas, es él, el intérprete, quien crea la obra, quien la inventa, quien la insufla de vida. De lo contrario, la creación del compositor, sería una pieza más del edificio museográfico del recuento y de la citación.

Bogotá, 2014

viernes, 19 de septiembre de 2014

La colombianidad a palos [la genialidad del título no es mía]

Un programa, de un canal de cable, pasa por estos días un concurso. Es un canal dedicado al Fashion. Y el programa en cuestión presenta, como ya es regla, un concurso entre varias participantes para conocer, a partir de casos y situaciones de nuestra femenina vida cotidiana, cómo su ingenio fashionista solventa las urgencias de los compromisos sociales. Hasta ahí, todo bien, ¿verdad?
El asunto se complica cuando entre las participantes (que provienen de nuestra denostada y otras veces reificada Latinoamérica) hay una colombiana. 
La situación es la siguiente:
Primer capítulo: Orden de los eventos. 1o. Presentación de las participantes a cargo de ellas mismas. 
Nuestra abanderada representante se muestra como lo que es su ideal femenino (aclaro, su ideal, lógico, es el que ha calcado y tragado, pero nunca vomitado): madre joven, profesional exitosa (real, no se muestra, sólo tenemos la mención); consumidora compulsiva (real, dan cuenta sus cómodas y arrumes de chiros); linda (real, a pesar de las luces de cámara y el maquillaje).
2o. Desfile de las participantes por el set del "reality".
3o. Cortas intervenciones por parte de los presentadores-jurados-consejeros-críticos acérrimos y, por último, por parte de las concursantes. Hasta ahí nuestra colombianita, descolla, barre a todas las otras. Viva Colombia, las más bellas mujeres; el mejor café; los paisajes más bellos del planeta.
4o. Propuesta de situación: las concursantes deberán buscar su mejor "pinta" para el "bautizo" de su "ahijado".
5o. Salida despavorida de estas sílfides, maniquí en mano, a buscar su mejor vestido (ojo que tiene que ser sexy, mas recatado; diciente pero mesurado; formal pero relajado; etc. ¿Comprendes, Méndez?)

Y es aquí donde todo se va al traste, se rompe la ilusión de un bonito cuento: nuestra colombianita le "roba" (sólo copio las palabras de la implicada) el vestido que la argenta tenía como su primera opción. Sí, así como se lee, no tiene problemas en sacarlo, pero qué si es que aquí todos los días vivimos admirando al más vivo, al más ventajoso. Ella, nuestra compatriota, no tiene la culpa, ella lo hizo "sin culpa". 

No era para tanto, es sólo un concurso, le dice la princesa chibcha, ya tras bambalinas, a la piba.

Bogotá, 2014

jueves, 4 de septiembre de 2014

Exceso de presencia

Debo confesarlo. No soy gran lectora (advierto que hablo desde la cantidad, no desde la calidad), y menos, soy lectora de revistas. Por accidentes de intercambio, me he visto los últimos días hojeando y ojeando, par de números de una revista que ya cuenta los últimos días de su existencia (esas boqueadas no son desconocidas, y menos pasan desapercibidas). Y una tendencia encontré, considero que no se trata de una mera casualidad, ya que esa postura la vengo rastreando ya en novelas de jóvenes autores (cuando hablo de jóvenes, se debe entender que el título de "joven" abarca una franja lo suficientemente ancha para que yo alcance a entrar en ella; si fuese un muchacho de 18 a 22 años el que lo dijera no sería tan condescendiente en lo de una juventud tan ya avejentada), y es la de hablar desde la esquina de la cotidianidad, desde el parecer y desde el ser. Ya el texto no es máscara, pero tampoco es espejo, porque en el espejo se refleja también aquello que no se es, sino que se desea ser. 

Bogotá, 2014